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09.10.2026 · Signal Titans Editorial

Mil doscientos litros de leche y un tanque de agua: cómo Edvard Moser cartografió el sistema de navegación del cerebro

Cómo Edvard Moser pasó de una remota isla noruega a descubrir cómo regiones específicas del hipocampo rigen la navegación espacial.

Un globo astronómico de latón de estilo antiguo y un cuaderno azul marino sobre una mesa de caoba oscura en un entorno de biblioteca cálido.

Todos los días, en el laboratorio situado en el sótano de la Universidad de Oslo, dos jóvenes investigadores llenaban un tanque de plástico adaptado con 1200 litros de agua y tres litros de leche comprada en el supermercado. Aquel líquido blanco y opaco ocultaba una plataforma sumergida pensada para evaluar cómo aprendían a orientarse las ratas. Para Edvard Moser, esta rutina diaria representaba la culminación de una larga búsqueda de los mecanismos físicos del comportamiento: una indagación iniciada muy lejos de la capital, en una pequeña isla aislada de la costa occidental noruega.

Fotografía: May-Britt Moser
Fotografía: May-Britt Moser. Foto: NTNU Trondheim. Wikimedia Commons · CC BY-SA 2.0. Tamaño ajustado y conversión a WebP; sin retoques.

Una infancia insular y una temprana fascinación por la ciencia

Edvard Moser nació en 1962 en Haramsøy, una isla noruega con menos de 500 habitantes. Sus padres eran inmigrantes alemanes que se habían conocido durante la Segunda Guerra Mundial en Kronberg im Taunus. Tras formarse como constructor de órganos en Klais Orgelbau, en Bonn, su padre se trasladó a Haramsøy en 1953 para trabajar en un pequeño taller local. Al crecer en una comunidad remota, Moser demostró una precoz curiosidad intelectual y aprendió a leer por su cuenta a los cuatro o cinco años gracias a los cómics de Donald Duck que le daba su madre para mantenerlo entretenido a primera hora de la mañana.

Búnkeres y librerías: el camino hacia Oslo

Moser cursó la secundaria en Ulsteinvik, donde se graduó en 1981. Fue allí donde coincidió por primera vez con quien sería su compañera de investigación y esposa, May-Britt. Tras su graduación, el servicio militar obligatorio lo llevó en octubre de 1981 a Kautokeino, donde ejerció de oficial de comunicaciones en un búnker subterráneo cercano a la frontera con Finlandia. La interceptación de mensajes secretos sobre la actividad en el espacio aéreo le dejaba extensos lapsos de tranquilidad, los cuales aprovechó para estudiar ecuaciones diferenciales y planificar su futuro académico en el ámbito científico.

En busca del puente entre el comportamiento y el cerebro

Una vez finalizado el servicio militar, Moser volvió a encontrarse con May-Britt en la avenida Karl Johans Gate de Oslo. En agosto de 1983, ambos se matricularon en una diplomatura de un año en Psicología en la Universidad de Oslo. Aunque profundizaron en el conductismo, concluyeron que los modelos centrados únicamente en la conducta eran insuficientes si no comprendían las estructuras neuronales subyacentes. Su interés por los mecanismos fisiológicos cobró impulso cuando el docente Carl Erik Grennes les entregó un ejemplar del número de septiembre de 1979 de Scientific American, un volumen especial dedicado por entero al funcionamiento interno del cerebro.

Mil doscientos litros de leche: desentrañando el hipocampo

Decididos a estudiar los mecanismos neuronales de la memoria, Moser y May-Britt acudieron al neurofisiólogo Per Andersen. Andersen aceptó recibirlos en su laboratorio con una condición: debían construir un laberinto acuático plenamente funcional. Encargaron un tanque de plástico adecuado a una fábrica de la costa oeste, lo instalaron en el sótano del departamento y fijaron la tarea diaria de mezclar 1200 litros de agua limpia con tres litros de leche. Sus experimentos consistieron en evaluar ratas con lesiones quirúrgicas dirigidas a distintas zonas del hipocampo. Los resultados pusieron de manifiesto una clara diferenciación funcional: las ratas con lesiones ventrales y el tejido dorsal intacto conseguían orientarse en el laberinto sin dificultades, mientras que aquellas con lesiones dorsales no lograban dar con la plataforma oculta.

Al comprobar que la memoria espacial dependía de manera específica del segmento dorsal del hipocampo, Moser ayudó a delimitar las estructuras anatómicas concretas que gobiernan la orientación espacial. Según la reseña de los Premios Nobel, esta investigación sentó un marco fisiológico fundamental para entender cómo el cerebro mamífero construye mapas internos para desplazarse en el espacio físico.

Imagen de portada: ilustración generada con IA; no es una fotografía documental.

Fuente: Nobel Prize Edvard I. Moser