30.09.2026 · Signal Titans Editorial
Claudia Goldin y el trabajo detectivesco de hacer visible el trabajo oculto
Claudia Goldin siguió rastros incompletos desde archivos hasta bases de datos para revelar historias laborales que habían quedado fuera de la vista.

Claudia Goldin describe su trayectoria como una forma de trabajo detectivesco: seguir rastros incompletos hasta que aparece una historia social más amplia. Según la biografía del Premio Nobel, ese impulso comenzó en los museos de su infancia, pasó por la microbiología y la economía, y finalmente la llevó a buscar en archivos pruebas sobre el trabajo de las mujeres.

De los microbios a los mercados
De niña, en Nueva York, Goldin sentía fascinación por los museos y los misterios del pasado. En la secundaria, la lectura de Microbe Hunters, de Paul de Kruif, la hizo imaginar un futuro en la bacteriología. Estudió microbiología en Cornell, pero un encuentro con el economista Alfred Kahn reorientó su curiosidad. El entusiasmo de Kahn por utilizar la economía para descubrir verdades ocultas le abrió un nuevo campo de investigación. Goldin dejó los microscopios por las bibliotecas, los archivos y, más tarde, las grandes bases de datos electrónicas.
Su trayectoria no siguió un plan fijo. En la Universidad de Chicago comenzó sus estudios de posgrado en organización industrial y regulación, antes de orientarse hacia la historia económica. Su tesis nació de un trabajo sobre la esclavitud y el desarrollo urbano e industrial del Sur anterior a la Guerra Civil. Después, en la Universidad de Wisconsin-Madison y en Princeton, continuó estudiando las familias, el trabajo, la educación y el cambio económico mientras buscaba la pregunta que más le importaba.
Las pruebas que faltaban
Con el tiempo, Goldin comprendió que los registros históricos habían vuelto especialmente difícil ver el trabajo de las mujeres. Aparecían en los datos cuando eran jóvenes y solteras o cuando enviudaban, pero su actividad solía desvanecerse después del matrimonio. Los censos publicados eran imperfectos, sobre todo al registrar el trabajo no remunerado, los negocios familiares, las tareas agrícolas, el trabajo a destajo y las cambiantes definiciones del empleo.
Acudió a los Archivos Nacionales en busca de pruebas más directas. Goldin recuerda una anécdota de 1981: una guía archivística incompleta llevó a un buscador a invitarla a entrar en los depósitos. Allí encontró cajas con encuestas originales de la Oficina de la Mujer. Los formularios reunían datos sobre educación, ingresos y experiencia laboral, además de información sobre las prácticas empresariales relativas a las mujeres casadas, el género y la raza. Esos registros pasaron a formar parte de un conjunto más amplio de pruebas sobre las restricciones al empleo de mujeres casadas, las trayectorias laborales y las diferencias salariales.
Escuchar a los formularios
La búsqueda continuó en lugares menos evidentes. Goldin utilizó directorios urbanos y empresariales para identificar a mujeres cuyo trabajo quedaba oculto tras la ocupación de sus maridos, y siguió pistas hasta encontrar cajas de encuestas guardadas en un armario cercano a su oficina en la Universidad de Pensilvania. Describe gran parte del proceso como una recopilación manual y tradicional: formularios, directorios y registros dispersos reunidos para construir una historia del trabajo femenino desde la década de 1790 hasta el presente.
La lección es una reflexión editorial, no una fórmula universal: las preguntas importantes pueden exigir paciencia ante las pruebas imperfectas y atención a lo que las mediciones habituales dejan fuera. El trabajo de Goldin muestra que un descubrimiento puede comenzar cuando una investigadora trata las omisiones como pistas. A veces, el material decisivo no es espectacular. Puede ser un formulario olvidado, una entrada pasada por alto en un directorio o una caja guardada cerca del lugar donde alguien trabaja todos los días.
Imagen de portada: ilustración generada con IA; no es una fotografía documental.
Fuente: Nobel Prize Claudia Goldin